miércoles, 16 de abril de 2014

Una ‘noche con Rózsa’ desvela otra versión del operativo



"Un 'room service' por favor", pidió el hombre que ya no es de este mundo. De inmediato el camarero comunicó el pedido al recepcionista del restaurante, que lo miró con extrañeza y le dijo: “¿Dices que te pidieron servicio a la habitación 458?”. Ante la respuesta afirmativa se apresuró a comunicarle que eso era imposible, pues en el tercer piso del hotel no había registrado ni un solo huésped.


El camarero insistió que vio y escuchó al hombre que abrió la puerta de esa habitación y le dio la orden. Fue entonces que el recepcionista le mostró una foto y le preguntó: “¿Este fue?”. Y él dijo sí. “Él es Eduardo Rózsa, murió en la 458”, le explicó.


Historias como estas sobre supuestas apariciones de Rózsa en el hotel Las Américas son ‘normales’, según algunos testigos de aquella madrugada del 16 de abril de 2009, cuando un operativo policial acabó con la vida del boliviano-húngaro Eduardo Rózsa Flores, del irlandés Michael Dwyer y del rumano-húngaro Árpád Magyarosi.
Ese mismo día, el vicepresidente Álvaro García Linera apareció ante los medios de comunicación y anunció que se desbarató un grupo terrorista que planeaba atentar contra la vida del presidente Evo Morales y de su persona. “Al momento de su detención portaban armas de fuego, explosivos y granadas con las que atacaron a la Policía (…) la Policía se defendió”, aseguró.


A cinco años de ese hecho, recorrimos el lugar de la trágica escena. Estamos en el tercer piso del hotel, donde el silencio de la noche y las luces tenues le dan un aire de misterio. Hay dos formas de llegar hasta ese punto, por el ascensor y por las escaleras. Elegimos la primera opción.


Se abren las puertas del ascensor y lo primero que salta a la vista es una puerta marrón oscuro. Arriba, en color dorado está escrito el “458”, es la habitación donde Rózsa vivió sus últimos días. En el techo está instalada una cámara de seguridad que enfoca directamente a un espejo en el que se reflejan todos los movimientos en el pasillo.


Según testigos, esas cámaras ya existían el día del operativo, aunque los informes públicos señalan que casualmente, desde las 3:00 hasta las 9:00 de ese 16 de abril, habrían dejado de funcionar, lo que –según el Gobierno- evitó que se registrara uno de los episodios más confusos de la historia de Bolivia.


EL DEBER habló con el ingeniero que estaba a cargo del sistema de seguridad, quien pidió reserva de su nombre, pero aseguró que en ese entonces solo había dos cámaras instaladas, una en la planta baja dirigida hacia una sala de visitas y otra en el subsuelo, por el garaje. Según dice, no existían más cámaras en todo el hotel y, de las que había, ninguna registraba imágenes de quiénes ingresaban.


Afirmó que solo se constató que no había ninguna grabación de la madrugada. “Puede ser que el equipo haya fallado ese rato, que se haya cortado por un corte de luz. Es un poco difícil que se interfiera por internet, pero la cibernética ahora es tan grande que no se sabe qué se puede hacer. Hay hackers que lo pueden hacer”, argumenta.


El resto del grupo
Al lado izquierdo de la habitación de Rózsa está la 457. Ahí, según el Gobierno, pereció Dwyer, sin embargo, uno de los sobrevivientes, el húngaro Elöd Tóásó, declaró en agosto de 2013 que Dwyer salió con vida del hotel y fue ejecutado en el aeropuerto Viru Viru.


En la pieza contigua, en el mismo operativo, murió Magyarosi (28). Un poco más al costado están las 455 y 454, donde sobrevivió Tóásó y el boliviano Mario Tadic, ahora presos en La Paz.


Pero no solo los extranjeros estaban alojados en Las Américas. El entonces gerente del hotel Hernán Rossell, declaró en febrero de 2014, que el 15 de abril de ese año se alojó en el mismo piso Luis Calvijo, quien era director de Régimen Interior. Abandonó el hotel a las 23:30 y retornó después de las 4:00 del día siguiente, una vez concluida la intervención policial. Hoy, Rossell prefiere no hablar de este episodio.


Una cama de dos plazas, un tocador, un velador, un guardarropa, un frigobar con una variedad de bebidas y comestibles, además de la mesa con una silla que dan a una ventana con vista a la calle son parte del escenario de una de las habitaciones donde fue la matanza. Se evidencia que nadie podría abrir la puerta desde afuera, excepto con una tarjeta de seguridad.


En la cabecera de la cama hay un cuadro, única decoración de la pieza. Al frente está el baño y la ducha, y al costado un televisor. El olor a limpio no evita el recuerdo de la imagen que se conoció tras el operativo: En el piso, a un lado de la cama, yacía muerto Michael Dwyer. Y, como si las paredes quisieran contar lo que sucedió esa trágica madrugada de abril, pese a la refacción, aún se observa una rajadura desde la altura de la cerradura de la puerta hasta el techo.


“Todos abajo”
¿Qué pasó la madrugada del 16 de abril de 2009? Una de las personas que asegura haber estado en el hotel la noche de la incursión policial revela que cerca de las 3:00 un policía vestido de civil se encargó de reunir a todo el servicio del hotel (cinco personas) y a los 16 huéspedes que se encontraban en Las Américas. Les dio la orden de bajar al sótano y de no salir de allí. Solo quedaron en el tercer piso Rózsa, Dwyer, Magyarosi, Tóásó y Tadic.
“Veinte minutos después se escucharon cinco disparos”, relata. “¿Cómo? Pero el Gobierno dijo que se hizo uso de granadas y explosivos también”, le preguntamos. “No, yo solo escuché cinco disparos”, responde con voz firme y agrega que la otra orden fue: “Aquí no pasó nada, ustedes no estuvieron aquí”.


Esta versión difiere con el informe del Gobierno y con las declaraciones del exgerente del hotel Las Américas quien reconoce haber llegado como diez minutos después del operativo.


Según Rossell, el auditor nocturno que hacía de cajero y el de seguridad fueron presionados (incluso con armas) por un grupo numeroso de policías para que abrieran la puerta de ingreso al hotel, por lo que tuvieron que proceder. Y que cuando llegó al hotel, ante un llamado del personal, no había ni un policía y que los huéspedes de otras 25 habitaciones estaban gritando y solo pedían que los sacaran a otro lugar. Rossell asegura que ninguna autoridad nunca le dio explicaciones al hotel de lo que había pasado esa noche, solo lo que se difundió por los medios de comunicación.


Este episodio le trajo pérdidas al hotel Las Américas, pues tardó cerca de medio año en recuperar su clientela, pero también es un atractivo para muchos huéspedes, especialmente de Europa, que piden alojarse en la misma habitación de Rózsa.


Rózsa se manifiesta y asusta a los empleados
“Cuando hace mal tiempo Rózsa se manifiesta”, cuenta una de las personas que trabaja en el hotel. De pronto, se escucha que las tazas y cucharillas acomodadas a tres metros empiezan a sonar sin mayor explicación. Nuestro interlocutor no se inmuta. “Parece que ya somos amigos del fantasma de Rózsa”, comenta y dibuja en su rostro una sonrisa risueña. Según dice, estas apariciones empezaron después del tercer mes de su muerte.


“Las camareras son las que menos duran”, afirma. Y como si quisiera darle credibilidad a su revelación recuerda que a un camarero Rózsa le pidió servicio a la habitación 458 cuando el tercer piso estaba vacío. “Se asustó y renunció. Dijo que no se quedaba más. Hay personas que no aguantan”, sostiene.


“Hace ruidos, lanza las cosas, llama por teléfono, se aparece en la cocina o por los pasillos”. Dice que “el espíritu de Rózsa” en uno de sus arrebatos tiró una jarra al suelo. ¿Tenía algo de especial ese utensilio? Efectivamente, explica que era uno de los que utilizaba cuando comía, “junto a otras dos personas”, en el salón privado, especialmente preparado para él. Lo que significa que Rózsa y sus amigos recibían un trato preferencial en el hotel Las Américas.


Quienes hablan de esto solo creen que Rózsa tiene asuntos pendientes en este mundo y que su espíritu está intranquilo y que aparece con más frecuencia “cuando hace mal tiempo”. Su última aparición habría sido el 22 de marzo a las 6:30, la noche anterior hubo una tormenta eléctrica. Dicen que lo vieron parado en el ingreso a la cocina.

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